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domingo, 12 de febrero de 2017

El anarquista




Alguna vez fui anarquista. Bueno, no seriamente.
Para un mocito desconocedor de la historia y de la realidad argentina, para alguien que jamás había leído a Proudhon ni a Bakunin, que era incapaz de asociar el nombre Severino Di Giovanni a actividad alguna, para quien Sacco y Vanzetti podrían haber completado con el anteriormente citado una línea de tres en una hipotética formación futbolística, pensarse "anarquista" hubiera sido un error mayor; por entonces yo creía en la deshonestidad de la democracia.
Era adolescente, rondaría los trece o catorce años de edad; el gobierno de Raúl Alfonsín restauraba el poder democrático en el país. Sin embargo, por entonces ya habían estallado algunos casos que el periodismo de entonces asoció con la corrupción. Ya habían tenido lugar los sucesos de Semana Santa y los planes económicos fracasaban uno tras otro. Los medios audiovisuales opositores no hacían sino ensalzar mi desencanto y el de una nación que abrazaba el regreso a la democracia pero que buscaba respuestas a ciertas necesidades. Entonces, al percibir yo un sistema gubernamental infecto, la única solución discernible consistía en extirpar la podredumbre.
Ante mis bríos contestatarios y enfrentados a la supuesta concupiscencia política, mi madre me regaló un libro. En su visión, si yo pretendía agitar la bandera negra, que lo hiciese con fundamentos. Tiene en claro que para opinar es menester saber, que la formación es un valor capital. En lo que concierne a mantener una postura o un ideal, el conocimiento contribuye a generar apreciaciones más interesantes y profundas.
Retomando, por la carencia de erudición llegó a mis manitas un libro intitulado "El anarquismo", escrito por H. Arvon.
Digamos que empecé el libro como animal curioso. Mi primer interrogante fue dilucidar el significado de esa hache seguida de un punto en el nombre del autor. Siempre afecto a leer, comencé a hojearlo. Recorriendo las primeras páginas, descubrí que el nombre de pila era Henri. El segundo interrogante, sin respuesta y dependiente del primero, inquiría la razón que llevara a omitir el nombre completo en tapa cuando sobraba espacio para colocarlo.
Pese a la banal intriga, se trataba de un mal comienzo que solo empeoraría. Para un adolescente más interesado en los avatares románticos de la edad o en recargadas manifestaciones de testosterona, leer sobre historia política significaba una invitación al tedio. Hablarme de la Revolución Francesa y su impacto en el liberalismo (¿y qué es el liberalismo?, debo haberme preguntado) no era la mejor manera de vender un ensayo a un individuo subordinado a sus hormonas. Por no hablar de la tapa: el nombre acotado, casi apocopado, del señor H. Arvon y un conglomerado de coloridas flechas apuntando en diferentes direcciones, explicaba, a mi juvenil entender, la prosa, construida con oraciones pomposas, viscosas, interminables, tendiente a citar hombres ignotos y a rumbear hacia destinos inextricables.
Así fue como mi resistencia anarquista cedió en la primer media página.
Con todo, el anarquismo es un movimiento que merece atención. Varios años después, por ejemplo, leería En la semana trágica, de David Viñas, un libro sobre la vida de Simón Radowitzky (que además cubre los sucesos de la semana trágica), y vería la película italiana Sacco y Vanzetti.
La foto que acompaña esta publicación es, justamente, el ejemplar que derrotara a un púber quejoso y escéptico. Este libro descansó un par de décadas en un anaquel en la biblioteca, en favor de otros que resultaron más atrayentes. Cuando termine los libros que tengo en lista, monsieur Arvon, judío, alemán de nacimiento, francés por elección, tendrá su revancha.
Au revoir.

miércoles, 25 de enero de 2017

Afortunado



Las tardes de verano ya no son lo que eran, piensa el hombre, mientras una vez más remueve el sudor persistente en su frente y cuello. Interpretado como una perversa manifestación de dominancia, el fluido también halla fascinación al rellenar su contorno en la cama. Respira lento, aguantando el aire tibio en los pulmones, mientras anhela el descenso del sol para una bocanada álgida. Entretanto, el ventilador chirría en cada giro el abuso de labor y en su protesta apenas revuelve el bochorno en la habitación.
Escucha (o cree escuchar) una voz en una radio cercana, donde la locutora se queja por los sesenta grados de temperatura y por una cantidad afín, aunque levemente superior, de sensación térmica. El hombre se pregunta cuál es la razón que sostiene dos valores diferentes basados en una única condición. Al fin y al cabo, agrega para sí, siento un solo calor, pero qué calor, y destila pullas inaudibles.
El hombre, seco, amarillento y anguloso, que supone su peso mayor de lo que es en realidad, parpadea repetidas veces antes de levantarse esforzadamente en busca de un vaso de agua. Gira hacia su lado derecho apoyado en las coyunturas, logra sentarse en la pantanosa cama, enfunda los pies en sus pantuflas de tela, y las arrastra imprudentemente para evitar que la viscosa puerta de caoba continúe alejándose. De una manera u otra alcanza el vestíbulo, donde por un instante confunde el cuadro del paisaje campestre con una ventana mientras las líneas celestes del empapelado bailan, y enfila hacia la cocina.
Los grifos refunfuñan sin ofrecer nada más; sumarios, apenas entregan un ronquido espaciado, por tandas, y tan seco y aprensivo como sus conductos. Fastidiado, abre la heladera para beber un vaso de vino blanco que quedó de la noche anterior. Escanciada de un trago, la frescura anima una segunda ronda. Entonces el techo y las paredes, que se habían hinchado en torno a él hasta casi tocarlo, comprenden de prudencia y comienzan a alejarse.

viernes, 19 de agosto de 2016

Hallazgo



En la orilla, a causa del aire que del río provenía, el frío resecaba la piel. Los niños, ávidos de explorar y correr, elegían ignorarlo y entretenerse un rato. El lugar, de todos modos, era feo. Pasado el malecón nacía una costa breve y de arena tenebrosa, receptora de una oleosa y sombría marea rociada de plomiza espuma. El líquido se ocupaba, escrupulosamente, de acarrear residuos entre la margen y mar adentro. A la distancia, un muelle podrido y mutilado parecía flotar al mismo tiempo que contaba sus añosas historias de pescadores y botes amarrados.
La muralla se extendía, inasible, en ambas direcciones por kilómetros, y se salpicaba de grupos lejanos y agrupados: amigos en su tiempo libre, paseanderos con sus equipos de mate y hasta quienes osaban desafiar las posibilidades biológicas del río con sus cañas de pesca.
Se iba el sol y sobre el horizonte los cargueros encendieron sus luces, que contrastaban con sus débiles siluetas aún discernibles en el gesto traslúcido de la niebla.
Uno de los niños divisó, entre la negrura de la arena, los camalotes, latas y botellas, una pequeña caja, luminosa como un dolmen en un llano. Se hallaba distante de la orilla, en un ínfimo islote separado por un vado de indiscernible profundidad. Sus vocinglerías alertaron a sus padres, quienes a la distancia percibieron algún valor en ella y, en arrebatos de aventura, eligieron ir a buscarla.
Fueron necesarios un par de brincos para alcanzar el islote; el barro resbaladizo y la diferencia de altura en favor del cayo pretendieron dificultar la misión mediante un sutil tropiezo. El padre retornó al grupo con los premios; un semblante grave, hierático, y la caja en cuestión.
De dimensiones reducidas, estaba confeccionada de una madera delgada, vulgar, provista de una base más extensa y gruesa que el resto del cuerpo. La humedad había hinchado la sustancia en uno de los lados, aunque se conservaba en bastante buen estado. Cabía presumir que no había pasado mucho tiempo allí; en aquel paraje mugroso, su color límpido la delataba. No tenía tapa –quizás ya fuera propiedad del mar– y contenía restos de barro, cuyo peso le habrá permitido mantenerse de costado. Fuera de los detalles estéticos, el interior estaba completamente vacío.
El hombre les señaló su hallazgo. Sobre la cara externa que diariamente gozaba del sol, se bañaba en el río y contemplaba los barcos, una etiqueta, originalmente blanquecina, revelaba letras cerúleas garabateadas en renglones breves y desapasionados.

Aún legible, el texto decía: "Ana María B..., 18/05/2016".
El grupo, imitando al antecesor, la olvidó en aquella orilla.

lunes, 20 de junio de 2016

De por Qadesh



Soy un hombre huraño.
Por eso, sin prolegómenos ni demoras, contaré mi historia.
Fue un domingo, cerca del mediodía, tres semanas atrás. Compartía mi fastidio y mi presente y futuro inmediato con medio millar de seres en un popular mercado. Familias enteras como cardúmenes, observándolo todo con ojos amplios, empujando carros repletos de productos, colisionando unos contra otros, en un andar parsimonioso y torpe en busca de un capricho o un artículo a veces útil, a veces bonito.
Ay, Santiago, lo hacés para irritarme. Y te sale magnífico. Odio este sempiterno peregrinar entre seductores artículos que no me interesan y cuya única razón es robarme la atención, el dinero, el tiempo. Odio ese desplazamiento tardo, impasible, de anélido, tan característico del ambiente y del horario. Odio padecer en pretendido estoicismo las pesadas esperas que nos retienen para abandonar el lugar.
En el cénit de mi hartazgo argüí un tibio interés por los equipos de audio y me alejé de él. Sos un pez más, empujando tu carrito y soñando y relatando tus proyectos al aire, pensé, mientras su figura se diluía entre las estanterías.
Pasé por el sector de carnicería y me distraje unos segundos observando los cortes. Admito que las mollejas tenían buen aspecto por más que haya ponderado precios y conveniencia en plena apatía. Vacilé entre llevarlas o no; a mi entender, pese a su costo, era digno de gratificarme, o mejor aún, de ser compensado. Debí postergar mi decisión, mi acto de ecuanimidad, de balance cósmico, de justicia, pues fui interrumpido por una voz familiar que me llamaba; arqueé las cejas, respiré hondo, y cuando estuve listo giré en dirección de Santiago. Tal vez quería mi opinión en el color de un juego de sábanas o de platos, pero ya no importaba: no lo encontré. No divisé otros peces tampoco.
Me hallaba en un valle ligeramente cóncavo, árido y caluroso. Soplaba un viento intenso que espolvoreaba la tierra en urgentes remolinos y la vegetación, mayormente seca, era frondosa donde existía; no había llovido en un tiempo prolongado. Sobre un colchón de pasto alto y crujiente se dispersaban irregularmente árboles flacos de ramas altas en las que contadas aves representaban mi mejor compañía. Discernía dunas si las polvorientas nubes cedían la visión. Arbustos menudos de retraídas hojas moteaban el paisaje.
Azorado, observaba en todas direcciones buscando familiaridades, elementos reminiscentes, comunes, próximos en un paraje que me lucía inverosímil, imposible, ajeno y retirado. Sin nada mejor que hacer y para acallar la angustia comencé a caminar hacia el promontorio más pronunciado. Suponía que desde una mayor altura sería capaz de examinar convenientemente la zona y mis opciones.
Una vez alcanzado el monte descubrí una nueva llanura donde la soledad pertenecía al pasado. Sobre el borde derecho de ese inmenso cuenco, protegido tras un vallado, un campamento me miraba, hosco. Amenazador y vasto, claramente se distinguía como base militar, poblada de soldados de armadura ligera, caballos, carros, lanceros. En alguna parte tras la empalizada músicos los arengaban.

jueves, 29 de octubre de 2015

Restitución


La historia la refiere Ceferino Pereira, arriero de profesión. Quisieron los hados que una ventosa tarde de enero volviéramos a vernos; una ruidosa y desventurada cantina fue el escenario, dos ginebras la excusa. Hablamos, animada y pertinentemente, de bueyes perdidos, de menudencias y de lo fortuito del encuentro. Así, en el acto de ponernos al día, me resulta imposible evocar cómo decantamos en el tema. Lo más probable es que, con la anuencia de las libaciones, el tema, arriándonos cual ganado, nos guiase hacia él.
Eludiendo los vahos y la desmemoria, citó una pretérita expedición bonaerense donde conoció a un tal Efraín Alvear, quien le narrara una circunstancia acaecida a su vecino, habitantes ellos de una localidad emplazada cerca de Banderaló, bien al oeste de la provincia, casi derramándose sobre La Pampa.
Ceferino definió una urbe cuyo nombre rehúye mis pensamientos, de extensión tan ínfima como la cantidad de sus habitantes, de aquellas donde en el verano la resolana determina la actividad diaria, dotadas de más bares que comercios, de aquellas donde quienes no duermen la siesta a su modo honran la molicie.
Introdujo en su relato a don Julio, protagonista principal de la historia y cuya morada era una por demás vasta estancia próxima al pueblo. Lo nombró de esa manera, sin más que un título y un nombre de pila. No proveyó un patronímico siquiera; presionado, dio a entender que descendía de patricio linaje.
Aquel personaje, apenas hundido en sus sesentas, se licuaba en el aire de tan finito. Unos pocos rulos albos actuaban de cabellera completa si vestía sombrero. En su juventud fue un mozo alto y elegante: al momento de la historia arrimaba al metro sesenta, culpa de la contumacia de su espalda, emperrada en hacerlo preferir una figura menguante.
De su historia personal poco puede decirse, si abundan las elucubraciones. La gente lo saludaba prefiriendo el temor al respeto: lejos de la fastuosidad, del garbo y la elegancia, aprendió a vistear antes que a vestirse. Simpatizó con la gente equivocada, farisaica y pendenciera. Los años se quedaron en el intento de aplacar su carácter tinto y volátil que, según los pueblerinos, cargaba con el peso de un par de puntazos determinantes. Había quienes, en aras de justificar ese temple, lo definían como un bastardo fundándose en la acepción más insultante. Con todo, había heredado el terreno de su padre, y su padre de su abuelo, y éste de su bisabuelo: el rastro prosigue, repetitivo e isócrono, de la mano de todos los primogénitos varones reculando hasta la Conquista al Desierto.
La tarde del suceso, don Julio, sentado cerca de la parra, buscó refugio ante una lluvia inminente. En principio reposada, dejaba degustar la fragancia de la tierra húmeda resaltando los matices verdosos de la vegetación y el dorado de las caléndulas. Fue capaz de escuchar los cerdos chapotear en el fango y controlar el galbanoso arrastre del molino en prolongadas quejas.
De pronto, la bestialidad: el cielo se opacó prolongándose en una ruidosa muralla traslúcida ante un soplido helado, intolerante e impenetrable consagrado a arrastrar cuanto pudiera. El molino perdió la razón; temblaron luces y ventanas. Ecos del pavor animal alcanzaron sus oídos.
Varios chispazos brillantes, reiterados y enceguecedores, lo forzaron a entrecerrar los ojos: el rayo caía muy cerca de su ubicación. Estremecido, en el momento en que la purísima luz lo llenaba todo, avistó, a unos veinte metros de su ubicación, un contorno humano. Usaba una lanza de bastón, vestía un pañuelo en la frente y lo cubría un largo tapado. Quizás estuviera descalzo. De semblante grave, se veía débil y chupado, ruinoso y cansado.